Tormentas del alma

Pero las tormentas no son sólo un fenómeno atmosférico; se dan también en el interior del ser humano.

Las tormentas son maestras de la desproporción que surge a veces entre el hombre y sus circunstancias; entre la fuerza impetuosa de la adversidad y las limitadas fuerzas del ser humano.

El verano es tiempo de tormentas, sobre todo en los litorales tropicales. Pero las tormentas no son sólo un fenómeno atmosférico; se dan también en el interior del ser humano. Mons. Luis María Martínez solía decir que le fascinaban las tormentas con rayos y truenos, pero más le fascinaban las tormentas de las almas, por ser más provechosas y bellas.

Un fracaso repentino, una crisis familiar, una difamación, una angustia desbordada, puede desatar vientos furiosos y grandes olas en el corazón. También hay mentes que de una llovizna hacen un huracán. Otras veces, Dios mismo manda la tormenta.

Jesús, en el Evangelio, invita a sus discípulos a atravesar el Mar de Galilea. El mar es sinónimo de inestabilidad, incertidumbre y riesgo. El naufragio siempre es posible. “Se levantó una fuerte borrasca –continúa el Evangelio– y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se hundía”.

Cristo sabía bien que les sobrevendría esa tormenta; que la barca era pequeña y frágil; que sus apóstoles serían incapaces de superarla con éxito. Aún así les mandó atravesar a la otra orilla. Dios también conoce de antemano las olas, los vientos y las dificultades que le esperan a todo aquel que se adentra por el mar de la obediencia a su Voluntad; a esa Voluntad que para nosotros siempre es mar, siempre es inestable, siempre es susceptible de convertirse en adversidad –aunque en realidad no haya nada más seguro que navegar por Ella–.

Mientras los apóstoles luchaban desesperados por salvar la situación, Jesús –dice el Evangelio– “estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal”. Cuánto tiempo pasó antes de que acudieran a Jesús, no lo sabemos. Muy probablemente primero echaron mano de toda su pericia y experiencia –después de todo, eran viejos lobos de mar– hasta que todo resulto inútil. Con la situación desbordada, dejaron de lado sus recursos y se arrimaron a Jesús; al Maestro dormido, al Dios silencioso, al Señor inexplicablemente pasivo mientras ellos batallaban por sobrevivir. Lo despertaron.

Él abrió los ojos y escuchó una pregunta urgente e ingenua al mismo tiempo: “Señor, ¿no te importa que perezcamos?”. Es quizá la misma pregunta que le hemos hecho también nosotros a Dios tantas veces: “Señor, ¿no te importa… que sucumba a la enfermedad; que mi hijo o mi hija se pierda; que mi matrimonio se vaya a pique; que me hunda en el pantano de mis pecados…?

Jesús increpó al viento y aplacó la tormenta en un instante. Y a continuación reprochó a los apóstoles: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Es que no tenéis fe?”. No se refiere al miedo que es natural sentir ante una amenaza real. Se refiere al miedo que es incompatible con la fe, porque nace de una falsa soledad, de un desamparo inexistente, de un abatimiento infundado en quien sabe que Dios está a su lado.

El “Señor de las tormentas” viaja en todas las barcas, aunque parezca dormido. Su rostro sereno e impasible parece decir: “Si duermo es para despertar tu fe; si parezco ausente es para que ansíes mi presencia; si guardo silencio es para que me hables con insistencia; si no evito tus tormentas es para que acudas a mí sin remedio”. A Él le basta una palabra para que todo cambie y sobrevenga la calma.

P. Alejandro Ortega L.C. ()