El valor del tiempo

Solemos decir: tengo cuarenta, cincuenta, sesenta años. He vivido tantos miles de días, tantos millones de horas. Pero si alguien las examinase una por una, ¿a cuántas quedarían reducidas?

Si hacemos una encuesta preguntando los dones y privilegios de que disfruta la gente, recibiremos una larga retahíla de cosas buenas. Algunos mencionarán su buen trabajo y las comodidades que les proporciona, otros añadirán su esposa, sus hijos y su salud.

 

Otros sumarán su fe, el amor de Dios… Pero creo que la mayoría, si no todos, olvidarían un don tan importante como imperceptible. Un don imprescindible que sustenta los otros y sin el que no podríamos hacer nada. Nos puede faltar la salud, los medios materiales, todo lo que quisiéramos, pero este jamás: el don del tiempo.

El tiempo es un don que condiciona todos los demás porque gracias a él podemos disfrutar de los otros dones. El tiempo es como un gran recipiente, dentro del que podemos construir nuestros proyectos, disfrutar de los regalos que nos da la vida. Una vez que este recipiente se nos quita, una vez que se acaba nuestra vida, se acabaron las oportunidades de explotar los otros dones. A pesar de ser tan importante, el tiempo es tan imperceptible como escurridizo. Ya lo decía Virgilio en su inmortal ENEIDA: «tempus irreparabile fugit», el tiempo se escapa sin remedio. Como se trata de un valor no material, no lo percibimos con tanta facilidad, y tenemos que pararnos un momento y reflexionar para darnos cuenta de él.

Por su fugacidad el tiempo se nos puede escapar sin darnos cuenta. Podemos perder nuestro tiempo en la mediocridad. Podemos pasarnos semanas, meses y aún años sumidos en el sueño de la rutina. Podemos transcurrir nuestra vida sin hacerla rendir. Este peligro es una realidad que compromete nuestra existencia y al que debemos estar atentos.

San Mateo nos narra la “parábola de los talentos”. En ella nos enseña que al entrar en la vida, Dios le da a cada uno unos talentos que debe trabajar paraal final de la vida, mostrarle a Dios los frutos del trabajo. El Evangelio nos dice que el Señor premió ampliamente a los que trabajaron y dieron frutos, pero el siervo perezoso fue castigado. Cristo no le reprochó que tuviera pocos talentos, ni que no los invirtiera de manera inteligente. Cristo le echó en cara su negligencia, su pereza, su mediocridad, el desaprovechamiento indiscriminado de su tiempo y de su vida.

Es a esta clase de personas a las que la Biblia les dedica las palabras más duras. No se trata de una condena contundente. Estas palabras no son de cólera o indignación, algo peor, rezuman desprecio y hasta asco: “Ojalá hubieras sido frío o caliente, pero como no has sido ni frío ni caliente sino tibio, comenzaré a vomitarte de mi boca” (Ap 3 15-16).

A medida que la vida pasa, la muerte se acerca. Y puede ser que nos pasemos la vida dormidos hasta que la muerte nos sorprende. Nuestra vida comienza a correr cuando nacemos, como un reloj de arena. Segundo a segundo caen inexorablemente los granos de arena hasta que el reloj se queda vacío. Aquí termina el tiempo y comienza la eternidad.

Entonces, como dice un sacerdote conocido: "nos presentaremos ante el Señor y uno de los primeros puntos de nuestra rendición de cuentas será este: ¿cuál fue el uso que dimos al tiempo que tuvimos entre manos?. ¡Qué terrible sería presentar como fruto de 80 años de vida lo que se pudo realizar en 20 ó 30! ¿Qué explicación podremos dar?" ¿Qué hicimos en los restantes años de vida, sino arrastrarse por el mundo como hoja azotada por el viento y vegetar “pasando el día”, resumen de una vida transcurrida en la falta de seriedad, en la superficialidad y en la ausencia de responsabilidad?

Martín Descalzo en su libro “Razones para vivir” cuenta una interesante historia. Se trata de un sacerdote que nunca fue ni bueno ni malo, y Dios lo condenó a un particularísimo purgatorio. Recibió un gran saco de avellanas que representaban los días de su vida y se le castigaba a abrirlas una por una: todas estaban vacías.

Solemos decir: tengo cuarenta, cincuenta, sesenta años. He vivido tantos miles de días, tantos millones de horas. Pero si alguien las examinase una por una, ¿a cuántas quedarían reducidas? Tal vez nos sentiríamos felices si tan sólo hubiéramos vivido una de cada diez. Si ahora Dios nos pidiera cuentas de nuestra vida, ¿cómo nos presentaríamos? ¿Cuántos miles de avellanas vacías estaríamos obligados a abrir en nuestro merecido castigo?

La fugacidad del tiempo y el imperativo de hacerlo rendir al máximo son cuestiones que toda persona madura (madura no sólo en edad, porque hay jóvenes muy maduros y adultos que son eternos adolescentes) debe plantearse. Debe analizar su existencia. Debe pararse un momento en el camino de su vida y preguntarse de dónde viene, a dónde va y a Quién le rendirá cuentas. Mirar el pasado, estudiar el presente y proyectar el futuro para corregir lo que haya que corregir.

Nosotros también tenemos que planteárnoslo. Tal vez no seremos grandes personajes ni nuestros nombres aparecerán en los libros de historia. Pero sí podemos aprovechar al máximo nuestra vida, el tiempo que el Señor nos ha concedido y hacer algo constructivo por nosotros mismos, por Dios y por los demás. Todos queremos que cuando llegue nuestra hora, podamos presentarnos ante el Señor con las manos llenas de frutos, la conciencia tranquila, habiendo dejado algo bueno detrás de nosotros. De nuestra decisión depende si queremos trascender nuestra existencia, o dejarnos arrastrar por el sopor de la mediocridad y revolcarnos en el ingente montón del anonimato.

 

Por: Rodrigo Martínez Murillo 

Fuente: Virtudes y valores

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