Contagiar a través del Ejemplo

Desde San Francisco hasta Juan Pablo II

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El hombre se contagia del ejemplo y de las opiniones de los que lo rodean. Restaurar la vida cristiana en la sociedad... es el desafío

Cierta vez San Francisco de Asís pidió a Fray León, su allegado discípulo, que lo acompañase pues iría a predicar un sermón. Salieron del convento, anduvieron de un lado a otro de la ciudad y volvieron después de cierto tiempo. Fray León, perplejo, preguntó a San Francisco, pensando que se había olvidado, qué había pasado con el sermón. A esto el santo le respondió: "nuestro caminar por las calles ha sido el sermón". Había sido el fenómeno del contagio. Ver un monje tan humilde, tan recogido en oración, tan compenetrado del llamado a la pobreza que Dios le hizo, fue un testimonio penetrante, fue una predicación.

Lo relatado nos hace considerar cómo el hombre se contagia del ejemplo y de las opiniones de los que lo rodean. También los ambientes juegan un papel preponderante en lo que podríamos llamar de contagio. Es imposible que encontrándose dos hombres no se influencien mutuamente, sea para el bien, sea para el mal. Muchos se preocupan por la prevención de enfermedades contagiosas. Pocos se dan cuenta o percatándose, toman una actitud de vigilancia, ante los peligros de contagio "espiritual" en el convivir de los hombres.

La influencia que ejercía un San Francisco de Asís era similar al impacto que producía un San Juan María Vianney, el famoso cura de Ars, que siendo poco inteligente y de presencia simple, ejercía tal estremecimiento que, preguntado un viñador del Mâcnnais qué había visto en la aldea de Ars, respondió: "He visto a Dios en un hombre". Era tan santo, que se veía que él no era Dios, pero se percibía que Dios estaba en él, algo de sobrenatural trasparencía en su persona.

Una mirada, una actitud de silencio, una media palabra, una presencia, pueden crear una atmósfera en un lugar. Al mismo tiempo, la acción que ejercen los ambientes, las costumbres y numerosos factores que conforman el convivir cotidiano de los hombres, tienen su poderoso efecto.

Recordando los tiempos del gran Patriarca del monacato occidental San Benito con sus monjes, en el silencio, la disciplina y el trabajo, la oración, el estudio y el ceremonial litúrgico, acabaron cristianizando un continente, y esto repercutiendo en el mundo a través de los siglos. En su accionar ejercían una sana influencia sobre pueblos y ciudades, marcando el entorno con el buen ejemplo de su "ora et labora". A través de la irradiación de su mística, ideal de vida y virtudes, transmitían agradable perfume a sus alrededores y en sus misiones apostólicas, "llegando al gran movimiento de piedad y renovación en el que se formó la idea de Europa" (Joseph Ratzinger, Convocados en el camino de la fe).

"Vivimos en un tiempo caracterizado en gran parte por un relativismo subliminal que penetra todos los ambientes de la vida", decía Benedicto XVI (24-9-2011). Este fenómeno -en el que la verdad completa no es considerada- ha llegado a tener carta de ciudadanía en los estilos de vida, influyendo en las relaciones humanas, y por lo tanto sobre la sociedad, por el "efecto-contagio".

Preocupaba seriamente a Juan Pablo II la avalancha de cambios culturales que se vivían. Decía que, urgía restablecer el cuerpo cristiano de la sociedad humana, y esto sólo se conseguiría con la presencia de testigos de la fe cristiana, que superen "la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida, que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud" (Mane Nobiscum Domini, 34).

Rehacer, recomponer, restaurar la vida cristiana en la sociedad es el desafío. Para lograr eso, se hace necesaria una coherencia que supere la "fractura" de vida que sufren los hombres de hoy.

Sólo se logrará con el "impregnar y perfeccionar todo el orden temporal con el espíritu evangélico" (Decreto Conciliar Apostolicam actuositatem, 5).

 

Por: P. Fernando Gioia, EP 

Fuente: es.gaudiumpress.org

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