Modernidad y Verdad ¿qué ha pasado?

El devenir histórico es una realidad que nos tiene atrapados y de la que no podemos escapar. Todo cambia, nada permanece.

El curso de la historia es implacable y a su paso todo se transforma. Los que contamos los años por décadas no salimos de nuestro asombro al comparar el ayer con el hoy y nos preguntamos ¿Cómo es posible que en tan poco tiempo las cosas hayan cambiado tanto? Y sobre todo ¿Cómo las personas podemos sufrir metamorfosis tan profundas en nuestra forma de ser y de actuar en el marco de una existencia tan corta? Eso de “genio y figura hasta la sepultura” está muy bien en cuanto expresión del componente genético–somático, peropor lo que se refiere al ethos es otra cosa. Nacemos hombres, pero nos vamos humanizando o deshumanizando progresivamente y en ello tiene mucho que ver el escenario donde nos movemos y la atmósfera social que respiramos. Con razón se ha dicho que cada individuo es hijo de su época y de la sociedad en la que le ha tocado vivir. Lo que quiere decir que el entorno que nos rodea puede ser decisivo a la hora de ir configurando nuestra propia personalidad.  Esto nadie lo pone en duda.

Es decir el paso de un periodo a otro se producía dentro de un cierto continuismo, pero ahora ya no se puede decir lo mismo. La postmodernidad ha supuesto un ruptura con la modernidad en toda regla,  en un tiempo récord, hasta el punto de que una misma persona,  no voy a decir viejo sino de avanzada edad, tiene la impresión de haber vivido dos vidas muy distintas, que en poco se parecen la una a la otra y tambiénde haber conocido a personas que con el paso del tiempo hanido cambiando de perfil hasta llegar a ser irreconocibles.

Después de 30 o 40 años te vuelves a encontrar conaquellos amigos o personas con las que habías tenido un trato intenso y te resultan inidentificables por dentro. Pedro, aquel compañero universitario de filosofía, riguroso en sus razonamientos, empeñado en la búsqueda de la verdad porque creía que ésta existía y era posible encontrarla, ahora se ha vuelto escéptico y todo lo cuestiona. Mari Carmen, aquella muchacha recatada y pudorosa, que se mostraba femenina hasta en la forma de andar, se ha vuelto descarada, habla como un carretero, defiende el amor librey se ha convertido en abanderada de la ideología de género. Santiago, el asiduo asistente a los Cursillos de Cristiandad, que decía tener más fe que S. Pablo, ha acabado por crearse un tipo de religión a su medida, sincrética y tan disparatada que ni el mismo sabe por dónde cogerla. Goyo, con madera de líder, a quien todos respetaban por su rectitud moral y sentido de la responsabilidad, se ha vuelto groseramente pragmático y no deja de repetir eso de “sálvese el que pueda” y que lo importante en la vida de cada cual es “encontrarse en el lugar adecuado en el momento justo”. Ahora la duda que me queda es si los demás puedan decir de mí lo mismo que yo pienso de ellos.

El vendaval de la postmodernidad ha levantado una enorme polvareda y el polvo del camino ha ido impregnando nuestro ser. En realidad el proyecto de la modernidad ya venía tocando fondo desde la primera mitad del siglo XX y daba muestras de agotamiento. Una crisis generalizada en todos los órdenes lo ponía de manifiesto. La sospecha había abierto una gran brecha en la racionalidad, la moral y la religión, que eran los grandes pilares en los que se sostenía Occidente. Hoy día esto lo podemos apreciar con claridad meridiana. La crítica apuntaba a una excesiva racionalización, nodriza de expectativas desproporcionadas, que luego con el paso del tiempo se vio que no podían mantenerse en pie. 

Efectivamente, el optimismo racionalista sin límites había hecho creer que todo el campo era orégano y que de la razón se podía esperarlo todo, hasta que la cruda realidad, sobre todo tras la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, despertó a los hombres y mujeres de su sueño romántico ypudieroncomprobar que ni todo lo racional es real, ni todo lo real es racional. Ciertamente no dejó de ser un gran acierto por parte del hombre posmoderno detectar el peligro de un racionalismo exacerbado y tratar de reivindicar el afecto frente a la pura racionalidad, perocometió la torpeza de tratar de corregir los excesos racionalistas con otros excesos aún peores, aplicando la ley pendular. Éste precisamente fue el gran error, que tuvo como consecuenciaconvertir a la diosa razón en una vieja embustera, cuando en realidad lo deseable hubiera sidodejar las cosasenun término medio.

Huérfanos ya de la razón solo quedaba Dioscomo último garante de las aspiraciones humanas, pero también sobre Él pesaba la sospecha de deshumanización, que le convertía en un rivaly peligroso enemigo del hombre, cuya sola presencia comprometíasu libertad yansias de felicidad humana.  El hombre de la postmodernidad siempre tuvo muy claro   que era necesario remover los cimientos en que se sustentaba la verdad y el bien,  para así  tener las manos libres y poder pensar y actuar según su antojo.

Se dio prisa en desconectar los potentes focos capaces de iluminar hasta los últimos rincones de la realidad y en su lugarse sirvió y sigue sirviéndose, de unalinterna mágica, que la utiliza para alumbrar selectivamentealgunossectores de la realidad dejando en penumbra otros.  Desde el primer momento fue consciente de que sólo se vive una vez, volcándose a tope en el momento presente dejando fuera de pantalla el pasado y el futuro. Nada de compromisos, nada de temores que pudieran perturbar el disfrute del instante fugaz

 En la época de los WhatsAppen que nos hemos instalado, las noticias e informaciones tienen una fecha de caducidad muy breve. Cada día tenemos que vaciar los archivos de nuestro móvil, porque todo pasa muy de prisa y lo de ayer ya no nos sirve. Las impresiones de un día son tantas que no podemos procesarlas todas. No nos alcanza el tiempo para la reflexión tranquila y vamos dejando para mañana el encuentro cálido con nosotros mismos y con los demás.  Nos hemos acostumbrado a vivir en una burbuja virtual y ya nos resulta complicado prescindir de ella.

Parecerá una broma, pero se han invertido los términos. Este mundo artificial, con un gran componente de sensaciones virtuales, creado y pilotadoporelpropio hombre, que se ha erigido enla medida de todas las cosas, que decide sobre la verdad y el bien y de quien depende el destino de la humanidad, es ahorael mudo de la realidad.  En cambio el mundo con sólidas bases metafísicas, abierto a la espiritualidad y la trascendencia,  que tenía como fundamento al Ser Fundante,  principio y fin de todo lo creado, es considerado como una fantasmagoría. 

En fin,  mucho me temo que al hombre de lapostmodernidad le aburren este tipo de disquisiciones filosóficas, porque todo lo que no sea vivir y gozara tope el momento presente, en el sentido más primario, es perder el tiempo y quien sabe disfrutar y sacar jugo a la vida no necesita de más. Es así como el nihilismo de la postverdad cree haber llegado al punto culminante de la historia, aunque yo no me fiaría nada, porque la astucia de la razón, como ya advirtiera Hegel, siempre, siempre, se las ingenia para poner en evidencia las estupideces humanas y sobre todoporquela experiencia constata a cada pasoqueel tiempo acaba devorando al momento presente que idolatramos. Yo tengo para mí que la postmodernidad será recordada como la época dorada de la técnica   abanderada por el Internet y a sus hombres como los artífices de un desarrollo material esplendoroso, sin precedentes, pero que al nosaber digerirtanto éxito acabaron perdiendo el juicio y se volvieron locos.   

Por: Ángel Gutiérrez Sanz

Fuente: catholic.net
Imagen: http://imagenes.catholic.net/imagenes_db/dfc6f8_postmode.gif